júlia navarro

odio que la gente se vaya

una historia sobre las amistades que vienen y se van.

odio que la gente se vaya
odio que la gente se vaya Júlia Navarro

Hace unas semanas, unos amigos nos invitaron a desayunar a su casa nueva. La habían comprado solo un par de meses antes. Muy bien situada, una casa antigua pero recién reformada. Estaban muy contentos. Nos enviaron la dirección y fuimos paseando. A medida que nos acercábamos, empecé a sentir que sabía adónde iba. ¿Cómo podía ser, si nunca había estado en su casa?

Cuando llegamos a la puerta, todo cobró sentido. Sabía exactamente dónde estaba. La ventana cerrada con una reja delante no tenía nada que ver con la ventana sin cortinas donde antes se podía ver un salón con las paredes cubiertas de botellas de cerveza. Antes no podías pasar por delante sin fijarte. Ahora era solo una ventana más, una ventana que no quería llamar la atención. Pero a mí no me engañaba, yo la había reconocido. Yo ya había estado al otro lado de esa ventana porque mi amigo U había vivido en esa casa.

Nos abrieron la puerta y, al subir las escaleras y llegar a lo que ahora era su comedor, mi cabeza explotó. Inmediatamente le envié una foto a U.

«Dios mío. Esa es mi habitación. ¿Quién vive ahí?»

Tuve que procesar el hecho de que, donde ahora estaba su sofá nuevo, una vez yo había estado cantando sobre el viejo sofá de U mientras él tocaba la guitarra. Allí donde ahora había una mesa con velas y pan recién hecho, una vez había visto la quinta temporada de Black Mirror con U y con M. Allí donde ahora mis nuevos amigos cocinaban, U había dormido durante mucho tiempo.

Me dolió que todos esos recuerdos hubieran sido enyesados y pintados de blanco. Me pareció injusto que se maquillara la personalidad de esas paredes que habían vivido tantas cosas.

La parte más loca de toda esta historia es que, solo una semana antes, U me había dicho que se marchaba.

De pronto sentí como si mi amigo ya se hubiera borrado, incluso antes de irse. Sentí como si el universo hubiera hecho uno de sus trucos y estuviera intentando sustituir al amigo que se iba por otros nuevos, como si estuviera moviendo a la gente como si fueran muebles. Como si no pudiera darme cuenta del cambio.

Podría llenar un alfabeto con las iniciales de la gente que se ha ido desde que vivo aquí: A, P, H, C, C, M, F, J, U, L, E, J, A, A, W, T, C, F, G, H, I, J, J, K, L, P, S, V, Y, V, R… y los que me estaré olvidando.

Siento que he vivido al menos cinco vidas en los últimos siete años. He cambiado, claro, y la ciudad también, pero lo que define una vida son las personas que te rodean y los rituales que se repiten. Saber qué esperar. Querer hacer las mismas cosas, con la misma gente, una y otra vez. La calidez previsible de pertenecer a algún lugar, con alguien.

nuestro plan de cada sábado.

Llegada a este punto, podría obtener un doctorado en la física del flujo de personas que se produce en grupos de amigos en el extranjero. He visto círculos expandirse, dividirse, disolverse, encogerse y, en el punto de inflexión, conoces a alguien nuevo, cuyos amigos también se están desvaneciendo. Y es entonces cuando el ciclo vuelve a empezar.

Es como agarrarse a otra liana antes de que la vieja se rompa, justo antes de caer. Es un esfuerzo constante. Es vivir en estado de alerta, intentando predecir quién será la siguiente persona que se marchará. Todo parece que está bien hasta que te das cuenta de que pronto esa persona ya no formará parte de los planes habituales, del día a día. Pronto, para abrazar a esa persona tendrás que subirte a un avión. La vida cotidiana se evaporará y tendrás que volver a aprender a no contar con alguien que una vez siempre estaba.

Estoy cansada. Estoy cansada de que la gente se vaya. Lo odio, de hecho. Odio que la gente se marche. Odio que mis amigos se vayan. Odio tener que reconstruir mi vida sin moverme. Odio tener que ponerme al día cada cuatro meses con gente que se fue de esta ciudad pero que no quiero que desaparezca de mi vida. Odio la amistad a distancia.

La peor parte es que cada vez el golpe duele menos, me acostumbro a decir adiós. Hablo el idioma del hasta pronto, y sé que nadie sabe cuándo es pronto. No sé si me he vuelto insensible o si simplemente vivo con un nivel constante de tristeza que suaviza las malas noticias. No es que quiera menos, es que, lamentablemente, he aprendido a afrontar el golpe.

Ya puedo sentir que se acerca la siguiente. Una amiga se marchará, y cada día parece que estemos más unidas. Se ha convertido en una pieza tan clave de mi vida que no puedo creer que antes no estuviera, ni que estaré bien sin ella. Una vez haces espacio para alguien, su sitio vacío permanece cuando ya no está.

El día del desayuno en la nueva casa de mis nuevos amigos, tuve que recomponerme después del choque inicial. Me senté a la mesa y comí huevos revueltos bien cremosos y pan caliente con tahini y miel. Tuve que dejar atrás la melancolía que se apoderaba de mí para invertir en una amistad que apenas comenzaba. Quién sabe, quizá dentro de unos años, esas paredes blancas recién pintadas me recordarán charlando y riendo sobre su sofá nuevo.

- jú.

nos vemos en insta :)

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Júlia Navarro

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